viernes, 28 de enero de 2011


Cap. X - Balbuceos de Patria 
(de mi novela "Yo, Rodrigo de Siglos")


                Conocí a Francisco el de Olaya -Olaya nombrábanle a su madre- en el parquecillo de la Iglesia del Carmen, a la salida de alguna reunión de aquellas, cuan un grupo (bastante nutrido, oy memoro) conspirábase “para separarnos del yugo haitiano, y forjar una nueva nación, que llamaríase República Dominicana”. 
       Para entonces, ya Duarte encomienda a aquel realizar tareas dables con su carácter y (acrisolada) traza. Y deso doy fe.
       Más, su ferviente laborantismo proselitista sobrepasa a las murallas de la ciudadela vieja y su periferia, extendiéndose a poblados adláteres, agenciándose la elevada admiración y el respeto de los demás conjurados.
       Aquestos, apenas viénenme (al ruedo) -sed justos, lo primero, decíase Duarte el patricio-, don Jacinto de la Concha, Juan Isidro Pérez, José María Serra, Benito González, Félix María Ruiz, Felipe Alfau, Pedro Alejandrino Pina, Juan Nepomuceno Ravelo… Tantos (prohombres tantos). Nin se hacían ya…
       Así, nuestro Francisco -Francisco del Rosario Sánchez, a nombre completo-, convirtiose en uno de los principales líderes del movimiento separatista.
       Tal no solo amor a la patria prodigaba, rotundo no.
       (Y es que las celosías de las -enrejadas- ventanas de las casas de la época -y que sobresalíanse algo a la calle- permitíanles a las mujeres acodarse a ellas, ya poder platicar con quien estuviese parado afuera, escuchar una serenata, o mimar un romance..., observaba un extranjero)
       En esas (otras) lides, conoce a Felícita Martínez. A escasos meses le nace su primera hija: Mónica. “Mal, aquesta mucho riñe (harta)”, una vez confesome. Por lo que, y al poco tiempo, separose desta.
       Ni tanto olía la flor…
       Tanto luego, ajúntase -recuerdo tal voz- con María de Hinojosa, con quien procrea a la niña María Gregoria, mejor conocida en el vecindario como Goyita. ¡Tamaño enredo! (pensaba).
       (Pueblo chico…)
       Ésta, forofa de cafeomancias -o lectura de tazas-, y hasta cartas o barajas y, ni brujuleose que...
       Ora, en Puerto Príncipe -la flamante capital haitiana-,
Charles Herard toma el poder, tras derrocar a Boyer, y de inmediato envía emisarios a descabezar “cualquier intento o brote revolucionario en la parte este de la isla”. El prócer Mella entonces es hecho prisionero, y Juan Pablo es sacado del país.
       Las nuevas deflagraban…
       (Nublose)
       A pura guisa, Sánchez logra escapar de sus perseguidores. Y de incógnito arriba a la ciudad de Santo Domingo, ¡tras cruzar a nado el río Ozama!
       Tal, y aduciendo una repentina enfermedad, finge morir, a fin de despistar al enemigo.
       Todos asistimos a su entierro (fingido). Lloré como una Magdalena (je).
       Auténtico, el rumor se propala por toda la villa, y al efecto los militares haitianos no ocultan su júbilo, dando por clausurado el asunto.
       Mella preso, Sánchez “muerto”, y Duarte en el exilio, de plano augúrase el ocaso de la “osadía separatista”, concelebráronse aquellos.
       Mas la llama de la libertad aún no perecía. Tanto aún más, “flameaba aún más viva y fulgurante que nunca”, conculcome alguno de los conjurados.
       Y así fue como la noche del 27 de febrero los patriotas congregáronse en el entonces Baluarte de San Genaro -hoy Altar de la Patria-, donde proclámanse a los cuatro vientos el nacimiento de la República Dominicana.
       (Aun San Rafael, Hincha, San Miguel y Las Caobas, quedaron atrapadas en las patas de la historia haitiana, por lejanas dizque…)
       Sánchez, “quien no había muerto ” y vivito y coleando demás estaba, izó al clarear el pabellón tricolor anunciando al mundo el surgimiento de un nuevo y glorioso gentilicio, al unísono y estentóreo grito de ¡Dios, Patria y Libertad!
       Al otro día, aquel mismo preside el nuevo organismo rector nacional llamado Junta Central Gubernativa, pero por poco tiempo (advertiles pos). Don Tomás Bobadilla y Briones pronto pasa a ser la cabeza, imponiéndose desde sus inicios la odiosa corriente conservadora que no confiaba mucho en la viabilidad del proyecto independentista puro. Entonces, Mella se traslada a Santiago. Y Duarte regresa a la isla.
       Yo trataba (dizque) de no involucrarme, pero ¡qué bah! Henchido yo de patriotismo no patriotero (o artero), financiábame a escondidas la causa, en detrimento de los enemigos de siempre.
       Grave, una tarde desas, tras cerrar la tienda en las Atarazanas Reales, un incendio (vil) destruyolo todo.
       Los escasos bártulos que puede salvaguardar (chamuscados muy), arrumbelos en un hosco cobertizo situado en un entrepatio posterior a mi vivienda familiar de la calle de Los Plateros.
       ¡Bando fratricida!, imbuía.
       Peor, ni arredraba (a pesar de mis años, tapados)...
       Así las cosas, el General Pedro Santana es nombrado Jefe del Ejército Libertador. Aqueste se entera de los planes subversivos de los trinitarios, instigados por el revoltoso Duarte, quienes pretenden reencauzar el proceso revolucionario al primigenio ideal separatista (sin injerencias foráneas), como malsanamente proponía el sector saltapatrás capitaneado por el infame Bobadilla.
       En Santiago, y de manera (dicen algunos) precipitada y emotiva, Matías Ramón Mella proclama a Duarte como Presidente de la República. Santana, quien en esos momentos se encontraba en Azua, se traslada de inmediato a la Capital, y reduce a prisión a los “sediciosos”. Y tras declarárseles “traidores a la patria”, son expulsados indefectiblemente del país. El 26 de agosto márchanse a Inglaterra, Sánchez, Mella, y los demás patricios. Duarte saldría más tarde. ¡Oer!
       Mas, y ¡ah desgracia vil  la que ensáñase contra aquellos!, entereme. El dable vapor que llevábales arrojados de su suelo, naufrágase en las costas de Irlanda. Tal, ¡y milagrosamente, sobreviven!, y logran llegar a Dublín, desde allí partiendo luego hacia los Estados Unidos (de Norteamérica).
       Ya alguno veles en Curazao, don continúan sus faenas libertarias. ¡Semejante cabotaje! Allén Sánchez amancébase con Leticia Leydes, y nueve meses después le nace su hija Leoncia (contome após, con detalles).
       ¡San Antonio de Padua!
       (Empero) no es hasta que Pedro Santana sale del poder, cuando retornan todos a su abatida patria -¡Oh dulce lar!-, tras una amnistía general decretada por el entonces presidente Manuel Jiménez, quien de inmediato nombra a Sánchez como Comandante en Armas y Jefe de la plaza militar de Santo Domingo.
       Por aquellos días trata -¡aquel no era fácil!- a Mercedes Pembrén (conocida mía), quien a poco alúmbrase a Petronila (ña Tonila le decía, de cariño), mas luego se dejan.
       (Aun espolvoreábase demás la Meche -y sin ser San Andrés, jo- dizque para lucir más blanca…)
       Finalmente, (arguyome entonces) decide sentar cabeza, y contrae nupcias con la joven Balbina de Peña, con quien procrea a Juan Francisco y a Manuel de Jesús.
       Corroboraba, siempre observele como “un padre ejemplar y responsable”. Tal atestíguolo (y non juego).
       Al retomar Santana el solio (en 1855), vuelve a enviarle al exilio. ¡Ah coincidencias!, justo cuando España finalmente reconoce nuestra independencia.
       (Bueno…)
       A propósito -y cual registra la historia-, de nuevo el nombrado General Hatero derrota a los haitianos en las batallas de Santomé, Sabana Larga, Cambronal y Jácuba.
       Nel año siguiente, Sánchez regresa al país, donde estudia Leyes de su cuenta. Y adquiere el exequátur de la Suprema Corte de Justicia, lo que le permite ejercer como abogado, siendo nombrado Defensor Público. Luego, aprendió Francés (superose sé).
       Por desfortuna, (en 1859) es apresado ¡y enviado a ostracismo de nuevo!, al enfrentarse a Santana por vez enésima, y quien ahora pretende anexar la patria a España, concretizándose tal felonía en enero del año subsiguiente.
       Entonces, y desde Saint-Thomas, Sánchez prosigue con sus aprestos independentistas, y convence al presidente haitiano Fabre Geffrard para que le apoye, “a fin de evitar que se estableciera en la parte oriental de la isla nueva vez el dominio colonialista y esclavista español”.
       Más tarde escríbele a uno (leal, común): “Mi patria está vendida, y eso basta”. Y luego proclamaría (contanme): “Tal si la maledicencia buscare pretextos para mancillar mi conducta, responderéis a cualquier cargo diciendo en alta voz, aun sin jactancia: yo soy la bandera nacional”.
       El 1 de junio de 1861, Sánchez penetra a territorio dominicano, ya en El Cercado cae herido en la ingle tras emboscársele a traición. Un tribunal sumario -y junto a otros “rebeldes”-, condénales a la pena máxima, y el 4 de julio, son inmisericordemente fusilados en pleno camposanto municipal de San Juan de la Maguana.
       Testigos narran, que sus últimas y desgarradoras palabras fueron: “¡Que viva la República Dominicana!” (estremézcome agora).
       El país perdía a uno de sus más grandes prohombres. Y yo (a propósito, aún sin un rasguño o arruga, visible) perdíame a un aliado singular.
       Tal, ¿cuándo conocime a Mella?                                                                                                           

                                                                                             C.V.

jueves, 27 de enero de 2011

Frases Mías
(y de todos...)

"El silencio 
(Silence)



es virtud de sabios.
(is a virtue 
of wisemen)

                                                                      C.V.

miércoles, 26 de enero de 2011


Cap. XI - Glorias, Vaivenes y Desazón... 
(de mi novela "Yo, Rodrigo de Siglos")
     A Mella, el connotado patricio, conocile en las lides del corte de madera en su sierra de San Cristóbal, al oeste de Santo Domingo.
       (Revivo) ordené un juego de tablones (de caoba) para hacer un cobertizo (atrás) en el patio donde guardar cachivaches, y algún vecino diome sus señas.
       Desde entonces, forjose una amistad tan imperecedera que acaso culminose con el glorioso final de sus aciagos días.
       (Amistad, preciado don, me decía)
       Aquel, y con apenas diecinueve años (luego orondo soltome), “nómbranle Encargado Oficial de la entonces Común de San Cristóbal”.
       Al año siguiente (¡Albrizias! sí), contrae nupcias con la señorita María Josefa Brea, perteneciente a una de las más prestigiosas familias de la época -de alcurnia, pos-, con quien procrea luego cuatro hijos: Ramón María, Dominga América, Antonio Nicanor e Ildefonso.
       Asistí a su boda, muy regia (memoro). Toda la crema y nata pavoneose, sé. Yo, aún en duelo por la súbita muerte de Azoraida, con sigilo, partí antes de la Gran Danza (recriminome aquel).
       Tanto, y no fue hasta el año de 1838 cuando (atesto) Mella inicia formalmente su labor política patriótica. Cierto, el patricio (Duarte) observó en aquel joven recién enrolado condiciones excepcionales de liderazgo y coraje, por lo que de inmediato envíalo como emisario ante los reformistas haitianos, liderados por Charles Herard, y quienes pretendían deponer a Boyer, a fin de aunar esfuerzos en aras del común propósito.
       ¡Jayana tarea!
       (Ni olvido el pálpito que tuve del Terremotazo -cataclísmico / con tsunami y todo- del 42 en el norte, cual en un estentóreo fogonazo se... ¡Ay Ouanaminthe!)
       Al otro día del arribo de Mella a Puerto Príncipe, y tras reunirse con algunos miembros del ala liberal (acullá), Herard toma el poder. Así las cosas, Matías Ramón (y no Ramón Matías como erróneamente se le acostumbra a nombrar, ya que éste así gustaba de firmar), regresa a este lado, siendo enviado por Duarte al Cibao a proseguir con su labor proselitista y reclutadora (don acompañele, aun volvime presto a mis trajines en Las Atarazanas).
       (Sin embargo), y estando en San Francisco de Macorís, es mandado a apresar por Herard, confinándole a una cárcel en Puerto Príncipe. Tras dos interminables meses de calabozo, es liberado, ante la errónea percepción de los líderes haitianos de que el peligro de insurrección en esta parte de la isla se había desvanecido (je).
       So, el vapuleado prócer retorna a Santo Domingo, y en su afán por implantar una nueva república -“dentro del concierto de las naciones libres del mundo”-, se alía a la fracción conservadora local liderada por Tomás Bobadilla, y previo consensuado con Sánchez, el 16 de enero de 1844, firman el llamado Manifiesto Separatista, donde se sella la unidad entre sectores tan antagónicos mas coincidentes con el ideal trazado. Aunque Juan Pablo insistía siempre en que debían ser sólo los trinitarios los artífices del patriótico parto (e igual amonestele). La experiencia, y los años (no eran de balde), pero…
       La suerte ya estaba echada. Y aquella gloriosa noche del 27 de febrero, en la nombrada Puerta de la Misericordia -hacia el suroeste de la muralla-, reunímosnos los conjurados.
       Tal, la vacilación aún prevalecía. Entonces, Mella, lanza al aire su sonado trabucazo (¡Cabummm!, ¡bumm!, rememoro), y proclama: “¡Ya no es dado a retroceder! ¡Cobardes como valientes, hemos de seguir hasta el fin! ¡Qué viva la República Dominicana! ¡Ni un paso atrás, carajo!”, y dirigímosnos hacia el Baluarte del Conde.
       Allí nos esperaban Sánchez, y los demás patriotas. Al clarear, izose por vez primera nuestra enseña tricolor (si mal no recuerdo, confeccionada por Concepción Bona y María Trinidad Sánchez, la tía, y no cualquier tía).
       ¡Nacía entonces la República Dominicana! (sentime ufano, pos sí). Demás. ¡Y al detrito…!
       (Culpeme a la semiótica…)
       Al otro día, se instaura una Junta Central Gubernativa, presidida breves horas por Sanchéz (como dije, creo), y luego dirigida por Bobadilla. De inmediato envían a Mella al Cibao –hacia el norte-, con el objetivo expreso de consolidar el acto patriótico, y en seguida empieza su labor de reclutar a civiles para enrolarlos al naciente ejército republicano, dejando a cargo de la plaza de Santiago de los Caballeros a José María Imbert, a quien toca repeler a los haitianos -acaudillados por Pierrot, que atacaban por el norte-, fieramente derrotándoles.
       ¡Fiel, San Jorge de los Ejércitos!
       Mientras, Duarte en Santo Domingo apoya vehementemente la expulsión de los conservadores de la Junta Central Gubernativa (Basta ser bueno, ¡pero no pendejo!), manteniéndose entonces la hegemonía de los trinitarios liberales, y se traslada a la ciudad de Santiago. Aquí, Mella, y de forma apoteósica, junto al pueblo, reunido, proclama al Padre de la Patria como Presidente de la República.
       (Mal) poco durose el alborozo…
       Al rato, los sectores más carcas (pos) agrúpanse en torno a la figura autocrática de Santana, quien de inmediato se autoproclama como Presidente de la República (atento a chistes, fue el primero). ¡Cáspitas!, expelime.
       (A más, el fatídico artículo 210 de la Constitución emanada en San Cristóbal otorgábale a aquel poderes cuasi-neronianos...)
       Así, cuando Mella se traslada a Santo Domingo a negociar con el susodicho, éste es apresado ¡y deportado a Europa!
       “No se me arredre mi compadrito, que con Usted estamos”, aludo (oy) espetele al acompañarle a aquel puerto atestado de curiosos (ya gendarmes no confidentes).
       (A escasos pasos, observábase el tronco conservado de la famosa ceiba donde dizque el Descubridor ató su carabela Santa María al  tocar tierra en...)
       Allén confirmeme la especie que Duarte, y los demás trinitarios, también habían sido enviados al extranjero. Abrumado, incoaba.
       En 1848, Mella regresa al país cuando el Presidente Jiménez les concede una amnistía a los patriotas -¿habíame contado ésto ya?, los años…-, y es nombrado con un cargo en la administración pública. (Añoro hoy), fui a visitarle a su despacho, cuan jovial abrazome: “¡Mi hermano! ¡Mi hermano!”, adscribiose. Aún lucía algo acabado, ya.
       En 1849 (arribábanse los partes), Mella se enfrenta de nuevo a los haitianos dirigenciados por Soulouque -quien luego autoerígese Emperador, Faustino I-, siendo forzado a retirarse a Azua. Entre tanto, el general Duvergé se repliega a la (entonces) diminuta villa de Baní.
       Don encontrábame yo, por accidente (o jaleos de negocios). Truecaba.
       A propósito, sorprendiome el curioso método que poseían para alumbrar sus vías: con velones de cera... y que un tal Martín -el farolero- encendía a las seis, y luego a las diez apagaba...
       (Disgresiones válidas, pues)
       En la Capital, Santana es investido por el Congreso como Jefe del Ejército Nacional. Y en Las Carreras derrota a los invasores, en un encuentro (violento) sin parangón.
       (Al volverse, las tropas de Soulouque pillan e incendian las ciudades de Azua y San Juan que...)
       Mella vincúlase entonces a éste, al considerarle como única garantía viable para preservar la independencia (ante el implacable asedio del vecino estado). Aquel desígnale su secretario particular.
       Luego Buenaventura Báez saca a Santana del poder. (Con su venia, Oh Excelentísimo...)
       Mella entonces se retira de nuevo a su viejo oficio de cortar madera, ahora en Puerto Plata, y se aleja de la vida pública.
       Cuan, perdime el contacto.
       (Ja, los tabaqueros del Cibao estaban que chispeaban. Estafados por Báez -harto corrupto y marrullero, la moneda devaluose a mil %-, pos rebélanse, y encabezados por Desiderio Valverde se...)
       Yo, aún insistíame en hallar el origen de mi mal (decía), y no desperdiciaba oportunidad cualfuese para internarme en las sagradas serranías, hacia el centro de la isla, es busca de tal réproba poza
       Quizás, pretendía analizar sus aguas, non se (que diablos conteníanse). ¡Oh fiel denostado hechizo que sobre mí pesose! Elucubraba.
       (1850 y pico), recuerdo alisteme en la expedición del cónsul británico en la isla, Sir Robert Hermann Schomburgk -naturalista, discípulo del célebre explorador Humboldt-, quien diba a la vega de Constanza (y Valle Nuevo). Apenas encontramos allí a unos cien vecinos, apilados en treinta moradas, maltrechas…
       Mal, nadie supo informarme acerca de la locación exacta del mentado hontanar… (13 grados Celsius, tiritaba yo. Habíame olvidado ya del friazo en…).
       (Curioso) y excavando (o escarbando) en una caverna mediata, nentre el barro, encontreme -sin testigos- una Piedra de Rayo (o hacha india), dizque mágica y con poderes sobrenaturales custodios, la cual conservo hasta oy
       (Ni exégesis pretendo).
       A mi regreso, el vapuleado navío de la República enfrentaba tempestades (inusitadas): Valverde -desde Santiago-, había derrocado a Báez. Mas a su vez, Santana tumba a Valverde. Y de inmediato, nombra a Mella como Comandante en Armas de la villa de Puerto Plata. Tanto, pronto aqueste enfréntase a su mentor cuando aquel inicia gestiones para devolver el país a España. Razón por la cual es desterrado a la isla de Saint-Thomas, donde padece enfermedad y pobreza (luego contáronme).
       Non pude verle. Desazonaba yo.
       Aún, evoco (con afecto) al cónsul Segovia -colega de Schomburgk-, quien me ofreció la ciudadanía hispana (¿teníala o no?), nun proceso de matriculación abierto para reclutar nacionales ante el conato de un protectorado estadounidense, y lo cual rechacé (de traza amable), quizás (y no solo) por las implicaciones y trasvericuetos legales de mi evidente e ilegítima atemporalidad (toreaba)… 
       De cara a tales aprietos, Mella intenta de nuevo retornar al país, pero es apresado, y de nuevo es reenviado al exilio. Ansi, y desde una goleta inglesa, le enrostra a Santana (cual está escrito): “…porque yo no soy súbdito de su Majestad Católica, ni he trocado, ni deseo canjear mi nacionalidad por otra alguna, habiendo jurado desde el día 27 de febrero de 1844 ser ciudadano de la República Dominicana, por cuya independencia y soberanía he prestado mis servicios…”
       El 15 de agosto de 1863, un día antes de la proclama restauradora de Capotillo, ingresa al territorio nacional, y de inmediato se integra a las labores emancipadoras.
       Al año siguiente, el gobierno nacionalista y restaurador santiagués le nombra como Ministro de Guerra. Allí recopila su Manual de Guerra de Guerrillas, instructivo militar, donde condensa toda su sabiduría como estratega y experto conocedor de su terruño.
       Finalmente, es designado Vicepresidente de la República de aqueste intento, mas no puede desempeñar sus funciones al agravarse su estado (general) de salud.
       ¡Oh San Eustaquio, Mártir!
       Postrado en su lecho de muerte -y sumido en la más absoluta pobreza-, recibe con satisfacción la visita de sus más preciados amigos y familiares. Entre ellos Duarte, ahora de nuevo en el país, siempre del lado de la patria.
       Arribeme apenas.
       Era un 4 de junio del 1864.
       Agonizaba (vile)…
       Tal, y en su último hálito de vida exclamose, sin fuerzas (oíle entrecortado): “Que… viva …la República… Dominicana…”, y expiró (lloré).
       Lloré por partida doble: aún ondeábase en ya ésta mi adoptiva patria el pabellón español (abjuraba yo).                                                                                                                    

                                                                                              C.V.

sábado, 22 de enero de 2011

Frases Mías
(y de todos...)

"Si tuviera que enfrentarme
 al mundo entero 
por amor,
(If I would have to confront
the whole world for love,


lo haría de nuevo!"
(I'll do it again!)

C.V.





La Fábula de los Dos Amigos
(publicado en el periódico El Nacional, 2009)
                                                                                                    


"Los otros días” mi barbero contábame la siguiente anécdota condigna (o no tan digna) de Samaniego. 

Tal recuérdome decía: “Esta es la historia de dos amigos, muy pero muy requeteamigos. Panitas full, pero a nivel. Ambos estudiaban en la universidad del Estado. Abogacía. O Derecho (o como queráis). 

Un día, el más avispado del par le informa al otro de sus propósitos (o quizás sus despropósitos, ya ni sé) de irse a Nueba Yol en yola. Costase lo que costase. Y que iba allí a vender, tu sabes, lo que allí, y acá, y en todas partes se vende, y que regresaría rico a su tierra. 

Estás loco, le dijo el otro, más centrado. Y sabes que, - agregose el susodicho - te voy a sacar de la chirola cuando allí, y tras tus trastrueques y artimañas tú te encuentres (uf, lo dije!). 

Al cabo del tiempo, el que había marchado fraudulentamente, y había acabado con cielo y tierra en Nueva York, llevándose por delante hasta al mismísimo Lucifer, regresaba entonces - y tal cual el mismo habíalo pronosticado - rico, millonario. 

El otro, que había permanecido aquí en su país, estudiando Derecho en la Universidad, ya se había graduado, pero a duras penas subsistía con una esposa, dos hijos y una madre viuda a quien submantener. 

Había intentando, pero en vano, conseguir trabajo, y era ahora una cifra o un dígito más en las frías e intangibles estadísticas de nuestro malhadado y contrito desempleo. Y con sobrada tirria, rabiaba. 

Un día el diario del día cayole en sus manos, y mientras escudriñábale, sin mayor pericia, en la sección de Clasificados, una “reconocida” empresa requeríase los servicios de un abogado recién graduado, pero dotado de cierta experiencia en el área especificada (sin mayores detalles). 

Allí, sucinto, presentose aquel. 

Mas, y ah sorpresa! 

Quien acudió a entrevistarle, personalmente, fue su otrora amigo, y ex- compañero de la Universidad, su pana full longtime!, el que se había marchado “pa los países”, y quien con tarada y sorda sorna le estrujó: Así te quería ver, muchachito. Y ahora, quien lleva la batuta?, ripostole. 

De inmediato, contratole en su Empresa, colocándole en una elevada posición, con cierto un óptimo salario que el mismo amigo había elegido para su otrora par. 

En donde me había quedado yo? 

Que me había perdido? 

Donde estaba cuando cambiaron las cosas? 

En qué mundo vivía? 

A donde había ido a parar Samaniego? 

Cierto aún, y le doy vueltas, ni que lo entiendo. 

Tanto mi barbero insistía: Vox populi

Solo espero que éste no sea el final de la historia. 

Quizás al “bienhadado amigo”, finalmente lo arrolle un autobús (Que Dios me perdone), y entonces  en su “última voluntad post-mortem” aparezca una cláusula donde diga: “En caso de morir por accidente, déjole todos mis bienes, todos, al pendejo amigo que se quedo aquí fajao, tragándose los libros y cogiendo fuego como la arepa (dícese por arriba y por abajo), en aras de un futuro, para él y los suyos, menos indigno”. Dale, digo, Vale. 

Cierto hoy no estaba de humor…


                                                                                          C.V.

viernes, 21 de enero de 2011



Frases Mías
(y de todos...)

"Lo último que se debe perder



 es la confianza en uno mismo"
                                                                                  C.V.